Breve historia del Monasterio de Iranzu

 

Exterior del monasterioEl nombre Iranzu corresponde a un topónimo vasco que significa helechal, lugar donde abundan los helechos. Los primeros monjes que llegaron a fundar la abadía mantuvieron el término que denominaba el lugar porque éste respeta perfectamente la tradición cisterciense de bautizar sus monasterios con nombres evocadores sobre la naturaleza que les rodea, situación del lugar o relativas a aspectos de la espiritualidad.

Iranzu es el prototipo de la simplicidad arquitectónica y decorativa que con gran apasionamiento expuso san Bernardo. La austeridad decorativa de Iranzu no es sólo la de los primeros tiempos, ni la de los primeros impulsos, supo, por el contrario, mantener la vocación de simplicidad, salvo algún pequeño desliz propio del siglo XVII, a lo largo de sus casi siete siglos de existencia, sin caer en la tentación de lo fastuoso y grandilocuente en la que cayeron muchas abadías en los tiempos del Renacimiento y el Barroco.

Al monasterio de Iranzu sólo se puede llegar por una estrecha y sinuosa carretera que parte del pueblo de Abárzuza. Su acceso a través de los senderos de las montañas que lo rodean, muy interesante por otra parte, es difícil, abrupto, y casi imposible para el desconocedor de la zona.

Ermita de san Adrián Corría el año 1176, reinando en Navarro Sancho Garcés VI el Sabio, cuando doce monjes cistercienses de la abadía francesa de La Cour Dieu vinieron a fundar un monasterio en el valle de Iranzu. En dicho valle había desde principios del siglo XI –durante el reinado de Sancho III el Mayor – un priorato, monasteriolo o eremitorio bajo la denominación de San Adrián. Desde luego la primera construcción cisterciense en el lugar – la pequeña iglesia que está en la parte oriental junto a la antigua enfermería – está dedicada a San Adrián.

La fundación cisterciense de Iranzu fue acompañada de grandes donaciones y cesiones de tierras. En los primeros años se realizaron, también, algunas compras importantes, de tal manera que en pocos años la nueva fundación se hizo con un vasto patrimonio de tierras, iglesias, molinos, bustalizas, granjas y pecheros. El dominio monasterial de Iranzu se consolidó casi definitivamente para la mitad del siglo XIII.

Los últimos años del siglo XVIII, los de la Revolución Francesa, van a señalar, sin ser los monjes demasiado conscientes de lo que se les venía encima, el principio del fin de la vida monástica en Iranzu. La exclaustración y disolución de las órdenes monásticas en España se produjo en tres tiempos, pero, si bien el golpe definitivo lo constituyó la ley desamortizadora de  Mendizábal de 1835, el primer capítulo del desastre que asoló a los monasterios, y quizás el más grave, fue el decreto de exclaustración dictado por José Bonaparte en 1809. La salida definitiva de los monjes de Iranzu se produjo el 24 de septiembre de 1839. El monasterio cisterciense de Iranzu había desaparecido.

Durante 104 años, hasta 1943, estuvo en el más absoluto de los abandonos. Este año llegaron los Padres Teatinos, quienes desde ese momento se hacen cargo del lugar y de las ruinas para iniciar la reconstrucción junto a la Institución Príncipe de Viana de la Diputación Foral de Navarra. Actualmente, entre los viejos pero remozados muros de Iranzu, late la vida religiosa con la presencia permanente de la Comunidad Teatina.